Este es un recorrido por algunos eventos de la Feria del Libro ocurridos el domingo 9 y el jueves 13 de septiembre. Esperamos acercarles un boceto de los mismos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Crónica de una luz que no se apaga


“La última estación” es un libro que se resiste a la clasificación. Su presentación tuvo la misma naturaleza. En esa resistencia reside sus potencias que pulsionan contra toda muerte.
por Alejandra Camisassa

Jueves 13 de septiembre. Sol. Casi es primavera.
Centro Cultural Obispo Mercadillo. Plaza San Martín. Fea zona.
Feria del Libro de Córdoba. Carpas y mucha gente que no cruza habitualmente estos lugares.
Presentación de “La última estación” de M. H. Vaca Narvaja. Las presentaciones me aburren.
Objetivo: cubrir el evento para una actividad del Seminario de Producción Textual. Habría cosas mejores para hacer en esta tarde.

Una tarde gris

Así era mi ánimo, de teletipo. Llegué con pocas ganas. Ninguna expectativa de conocer una personalidad notoria. No se trataba de un autor conocido ni de un tema que apasione. Por lo que había leído sabía que el autor estaba muerto. Lo fusilaron en el ’76. Era de una familia tradicional de Córdoba.
Tampoco se trataba de anticipar un libro destinado a consagrarse. Este era su primer libro. Su actividad principal no fue la literatura.
Llegué a tiempo. Los primeros espectadores estaban entrando. El ingreso al Obispo Mercadillo es una pendiente descendente. Parece un túnel. ¿Un premonitorio túnel del tiempo?

Una luz al final del túnel – De fotos y otras yerbas

En el palier había una mesa donde se vendían los ejemplares del libro y tres caballetes con paneles de fotos. Nos invitaban a un recorrido por la vida del autor. Fotos del docente, fotos del periodista, del abogado, fotos del hijo, del joven. Fotos del hombre, del esposo, del padre con sus hijos. Eran una mano tendida que llevaba a un universo particular. Participaban de una intimidad casi familiar. La intimidad de un hombre. Eran una inducción a la empatía.
Alrededor, algunas personas comentaban las fotos.
–¿Esta era la casa de Villa Walcalde?
–No sé, yo no estuve nunca allí.
–¡Mirá la Caro! ¡Qué chiquita!
Parecía que todos habían compartido aquellos recuerdos. Recuerdos donde el protagonista había sido Huguito, Miguel Hugo (h). De todos modos, podrían haber sido las fotos de mis cuñados, de cualquier amigo nacido a finales de los años 40. Había algo de las fotos del Che en “Viaje en motocicleta”. Seguí.
Bueno, no cualquier amigo. Fotos de carnets que señalaban su pertenencia a la Fiscalía de Estado, a la Cámara de Senadores de la Provincia. El carnet del Poder Ejecutivo de la provincia de Córdoba que lo acreditaba Procurador del Tesoro. La foto de un acto oficial donde estaba al lado de Atilio López. Eran las fotos del Dr. Vaca Narvaja.
El recorte de la noticia del atentado a su estudio. Y una foto de Huguito con las manos en los bolsillos riéndose del agujero en la pared que dejó la bomba. La foto de la tapa del libro. De golpe, a un lado, una foto de una pancarta de marcha: Miguel Hugo Vaca Narvaja (h) 35 años. Fusilado el 12 de agosto de 1976. Son fotos que marcaron el fin de una vida. El inicio de una vida distinta para todos los integrantes de esa intimidad familiar.
Ese agujero en la pared era otro túnel virtual. Otra vez la sensación de ingresar en bocas de minas. Desde el atril o la tapa del libro nos abría la entrada al libro, a la presentación. Nos invitaba a entrar…
La sala ya estaba llena de gente. Demasiado llena comparada con cualquier presentación. Y muy ruidosa. Todos parecían conocerse. Todos se saludaban, se abrazaban afectuosamente, conversaban. Había una decena de niños sentados en almohadones frente el escenario. De cara al público colocaron una mesa con tres sillas para los disertantes. A un costado había tres sillas más para destacar la presencia de sus ocupantes. Allí estaban ya la viuda y dos de los tres hijos del autor. Los entrevistaban de algún medio. La cámara que los enfocaba también tenía un emplazamiento central. Y yo con mi maquinita de fotos.
 Detrás de todo esto, todavía estaba el escenario con varios micrófonos de pie. Una prueba de sonido. Música y canto. Murga.
–Es el grupo de teatro de la Caro, che. Parece que después de los discursos hay bailongo –dijo alguien atrás. La gente seguía llegando, ya se tenían que quedar de pie.       
Comenzó la presentación. Una locutora con voz de locutora no contó lo que pareció que todo el mundo en esa sala ya sabía. Dijo, en cambio, que el libro tenía que ver con la literatura y con el afecto, con el amor familiar.
–A los que no están al tanto del árbol genealógico de los Vaca Narvaja se les confunden todos –dijo la presentadora con cara de presentadora. Quiso hacer un chiste. Miré alrededor, debí ser la única que había reprobado esa botánica. Debió estar hablando de mí, porque todos los demás se rieron del chiste. Agregó:
–Un árbol que a pesar de las desgracias sabe dar buenos frutos. Y “La última estación” es uno de ellos.
Después volvió a su rol y presentó a los panelistas.

La antorcha se enciende – De tres voces y palabras

Primera voz
El señor que habló primero era el más viejo, medio pelado. Se presentó como Marcelo Scelso, escritor. Tenía la expresión de quien ha hablado en innumerables mesas de presentaciones de libros.
–A mí también me hace acordar un poco a los casamientos de los Vaca. Veo muchas caras, y para colmo hay actuación…
Esto seguía empeorando. Pero el tipo empezó a hablar de la literatura como fiesta. Y del libro como un objeto precioso. Remarcó que el libro era bello. Un objeto realmente raro en esta época. Lo calificó precioso por el papel, por la textura, por las imágenes.
Hizo el relato de cómo lo había conocido a Hernán y cómo éste le había contado la existencia de los cuentos del padre. En el marco de otra presentación donde también había habido fiesta. Hernán sería el hijo del autor del libro que estaba sentado en el panel. Se había movido desde el inicio con centralidad: recibió a la gente, vendió los libros, se entendió con los fotógrafos y entrevistadores. Debía ser el Hernán Vaca que era periodista y director de la revista El Sur de Río Cuarto. El que había cubierto el caso Dalmasso.
Scelso dijo, mientras tanto, que los cuentos le habían llegado bastante acabados. Y que después habían aparecido los trabajos de los tres hijos. Unidos conformaban una forma de reencuentro del padre después de tantos años. Que se habían agregado los trabajos de la gente de Río cuarto y las imágenes. Y las cartas que, junto con los otros testimonios, dijo, hacían que éste fuera un libro ceremonial.
Contó que, en ese tiempo, hacía poco que había ocurrido el juicio en que interviniera como abogado querellante el otro Huguito.
Huguito el hermano de Hernán. El hijo mayor del Huguito-abogado que escribiera el libro. Que a su vez era hijo de otro Hugo-abogado que está desaparecido. Ya iba entendiendo. El juicio fue el que conocimos como  el Juicio de la UP1 –la causa Gontero– . Proceso en el que se juzgó a Videla, Menéndez y otros por los asesinatos y tormentos de los presos en las cárceles de Córdoba. Opinó Scelso que el hecho de que los culpables estén pagando sus culpas también merecía una celebración.
Cerró hablando de los cuentos y de sus rasgos.
–Los cuentos no están dedicados al tema de la violencia, pero conforman un mundo de violencia. El autor se siente expatriado en la sociedad en que vive. Lo normal se vuelve raro. Lo imaginario, cotidiano. –levantó la mirada por encima de sus lentes y dijo– Cada uno de los desaparecidos fue una pérdida. Ninguno fue cualquier persona. En este caso se perdió un escritor que tenía muchísimas posibilidades.
Segunda voz
 María Elena Berruti es escritora y directora de UniRio Editora. La editorial de la Universidad de Río Cuarto. La única mujer de la mesa adoptó un modo cálido y coloquial. Su voz la ayudaba, tenía un tono cadencioso, cómplice. “Vamos que vamos” dijo para arrancar. Lo diría todo el tiempo.
–Vamos que vamos… Nunca vi llegar a nadie con un proyecto de publicación a la oficina de una editorial como llegó Hernán a la mía. Fue en dos tiempos. Les cuento. Tiempo uno: con un avance del libro. Con cada cuento ya trabajado con Scelso e interpretado plásticamente por un artista riocuartense. No sé si saben, pero ustedes lo conocen más que yo, –miró al público, otra vez no pude incluirme en los supuestos– pero es muy difícil hacer que Hernán se siente.
–Mirále los pies –dijo de costado Raquel, la madre, desde una de las tres sillas del frente. Hernán dejó de mover los pies.
–Y mucho más que se saque la campera de cuero. Que descuelgue de su hombro el portafolio. Y desacelere. Y confíe. Esta editora: “pero Hernán tengo que ver esos papeles de tu papá”. Hernán: “es que… no los saqué de casa”.
Esta no era la idea que yo tenía de una presentación. Era como espiar en la vida de los otros o mirar una peli. Tampoco era que me importara mucho lo que había hecho esta gente, pero había visto películas peores.
–Tiempo 2: en la misma oficina. –siguió Berruti– Hernán llegando con una bolsa de plástico aferrada, abrazada al pecho. Esos originales desparramados sobre la mesa de trabajo. Algunos a mano, con lapicera azul. Empezaban a hablar. Esos borradores hablan de un hombre que encontraba un espacio fuera del ajetreo diario para escribir breves historias de ficción. Borradores en distintos estados de avance. Escritos en dos máquinas de escribir distintas.
Berruti levantó la cabeza y sonrió como una actriz de telenovelas. O había ensayado el gesto antes o era muy naturalmente teatral.
–Imagino a este hombre, el de la tapa del libro, refugiándose –no escapando– en estos mundos del lenguaje. Amarillentas, gastadas, viejitas las hojas de papel. El hombre que las escribió ya no está. No lo dejaron. Pero se burla de eso en cada uno de estos actos de escritura. El hombre que escribió estos siete cuentos era y es hijo, hermano, esposo, padre. Abogado, militante, hombre de su tiempo. Padre de Caro, de Hugo, de Hernán. Ahora sí, sentado obligatoriamente –se rió y distendió un poco. Pero no mucho porque retomó enseguida:
– Y vuelvo a ver a Hernán acomodando y desacomodando los borradores de la imaginación de su padre. Apenas tocándolos con cuidado. “Esto hay que cuidarlo” decía. Una entonces presintió que éste no era un libro más. Hay también fotos en blanco y negro. De este padre con sus hijos chiquitos. Jugando en el pasto o en el agua, riendo, abrazados. Y una entiende que el libro será, tendrá que ser una sutura, un zurcido, una trama que hilvane cuidadosamente la historia personal, familiar, privada e íntima, con la historia de una país, el nuestro. La historia de una generación –no del todo perdida– con los tramos de la historia colectiva necesariamente compartida. Porque esta familia nos está ofreciendo la oportunidad de esta fiesta y de este acto de memoria.
–Y apareció la foto que, con la creación simbólica de Jimena Mateo, terminó siendo la cara del libro. Esa expresión en la cara y esa postura corporal es señal de su generación. Y un guiño de militancia. Una sonrisa entre despreocupada y desafiante. Las manos al bolsillo. Y de pie sobre los escombros del atentado de horas atrás. “La última estación” es una publicación que se resiste, mansa pero firmemente, a ser clasificada. En ese carácter de resistencia reside parte de su potencia. Hay un núcleo o corazón que pulsiona contra toda muerte.
Parece que ese corazón palpitaba en la sala. Había un silencio que impresionaba. Alguien se enjugó rápido y como distraído.
–Este corazón textual no está solo. Lo abrazan amorosamente textualidades que hacen memoria y no invitan a participar. Texturas biográficas, periodísticas, jurídicas impregnadas de un rememorar vital. Son textos de hijos. Siempre convocan a la memoria. A enlazar la muerte y la vida. A esta saludable práctica nos convoca “La última estación”. Como un mandala en construcción en el cual tensiones no violentas logran equilibrar el caos, sin voluntad de domesticación.
Parecía estar hablando el mismo lenguaje que mis profesores de la cátedra. Pero ese sí era un lenguaje que yo entendía. Después agradeció a los Vaca Narvaja por haber confiado y deseó que la editorial haya sabido honrar el libro y la trama vital y militante que lo sustenta. Explicó el compromiso de la Universidad de Río Cuarto, como universidad pública, como institución que educa jóvenes, con la preservación de la memoria. María Elena Berruti terminaba. En algún momento de su discurso había dicho que, como todas las viejas de letras, era mentirosa. Yo le había creído. Será que las viejas de letras además de mentirosas somos crédulas. Pero parecía que todos en la sala le habían creído porque la antorcha refulgía.
–Escribir la vida y la no vida del padre no debe ser tarea nada fácil. Y si empieza por el 12 de agosto del ’76, menos. El final violentísimo. Desde ahí sólo queda remontar. Y esta familia, como otras, afirma con contundencia que remontar es posible. Porque esa fecha mencionada es también una frase del autor: “Decíle a mis hijos que me hubiera encantado subir al tren con ellos”.
Voz tercera
Era el turno de Hernán Vaca Narvaja. Aclaró que sería breve porque casi no podía hablar.
–Las víctimas del terrorismo de estado no buscamos venganza. –comenzó directo y fuerte, como buen periodista– Tampoco los muchos que estuvieron detenidos con mi padre y hoy están aquí presentes honrando la vida. Buscamos verificación, justicia, memoria.
Confesó que los cuentos lo habían acompañado todos estos años desde la muerte de su padre. Que en el 2010 había asistido a las audiencias del juicio a los asesinos de su padre. Volvía a su casa destrozado y se refugiaba en los cuentos. Le provocó mucha impotencia las imágenes de padecimiento e indefensión de su padre que se había reflejado en los testimonios.
–Ser el hijo de un fusilado significa sentir eso: impotencia. Ese juicio me hizo sentir que nosotros debíamos cuidarlo, debíamos protegerlo. Y me hizo sentir toda la impotencia por no haberlo podido ayudar. Entendí que estos cuentos me daban la posibilidad de volver a abrazar a mi padre.
Relató que cuando había comenzado a trabajar los cuentos le ocurrió algo. Había ido humanizando a su padre, entendiéndolo a través de sus cuentos. A través de los relatos de sus compañeros de prisión.
Le había parecido, en ese momento, que siete cuentos era poco para un libro. Que quedaban aislados. Que habría que rodearlos, “protegerlos” dijo. Entonces habían surgido los otros textos y los trabajos de los artistas de Río Cuarto que los acompañarían.
–Entendí también, a través de todo lo vivido, que esto no era algo individual, que era compartido, que esto era en pos de algo que nos debíamos todos.
Dijo de cuando todos esos trabajos “bellísimos” estuvieron listos…
–El libro quedó blindado. Entendí que le estábamos devolviendo algo de todo lo que nos había dado mi padre. Logramos rescatar a mi padre y devolvérselos a través de la literatura.
Terminó con una frase había sido escrita por su padre en una hoja de su agenda, aunque no sabe si es de su autoría: “Hay un momento en nuestras vidas en el que es preciso tomar una decisión: sea para olvidar de una vez nuestros sueños, resignándonos a la mediocridad, sea para arriesgar todo en el sentido de realizarlos”.
–Nosotros no nos resignamos. –Así terminó Hernán.

La antorcha pasa de mano en mano – De teatro y otros cuerpos

Hubo mucha emoción y voces que se quebraron. Hubo un silencio respetuoso y mágico de parte de los espectadores. La antorcha seguía encendida.
De pronto el ambiente se sacudió y cambió. Se oyeron tamboriles y murga. Palmas y redobles. El grupo Tres Tigres Teatro entró en escena. Comenzó el espectáculo. Carolina resultó ser la rubia, la que había estado sentada con la cara pintada en otra de las tres sillas. Mi brújula seguía funcionando.
“…hay mucha gente que piensa que mejor es olvidar…”
Fue la frase con que comenzó la primera canción. Se trataba de fragmentos de una producción colectiva del grupo. Había sido realizada para Teatro por la Identidad. Se llama “El Club de los Recordadores Anónimos”.
Fueron desarrollando tres ejes: un desopilante despliegue de acontecimientos y momentos del país a partir del golpe del ’76. Desfilaron, Balá, Chiquitita, Rafaela Carrá, el mundial de fútbol, los militares y sus discursos, las señoritas maestras repitiéndolos. Una mezcla de risa y ganas de llorar de rabia. Pero bien, con ironía y lucidez. La lucha de las madres y abuelas y referencias a la cotidianeidad de esos años y las vivencias personales. Una mezcla de teatro, publicidad, programas, desfile de moda y puntadas de reflexión. Su objetivo era el aporte a la memoria colectiva. Un ejercicio, una práctica para que esta memoria no se fragilice y caiga en el olvido.
Vibrante de color, movimiento y sonido. Pero también con un mensaje potente. Casi una hora que permitió aflojar las angustias y abrigarse de optimismo.
Cuando terminaron el ambiente de casamiento empezó de nuevo. Otras rondas de abrazos, nuevas palmadas, saludos, reconocimientos. Eran las despedidas, las felicitaciones. Agarré –me agarré a– mi camarita y al libro que había comprado y busqué la salida del túnel.

Final

Emergí en la acera, frente a una Plaza San Martín engalanada de carpas, a un lado del viejo Cabildo con su memoria de muerte. Me pareció que una luz potente me acompañaba, me envolvía, y salía desde abajo del túnel que acababa de dejar. Desde ese rito que se había anunciado como presentación de un libro. No supe bien. Supe, en cambio, que sentí muchísimas ganas de seguir, con todo a cuestas, remontando la vida.

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