“La última estación” es un
libro que se resiste a la clasificación. Su presentación tuvo la misma
naturaleza. En esa resistencia reside sus potencias que pulsionan contra toda
muerte.
por Alejandra Camisassa
Centro Cultural Obispo Mercadillo.
Plaza San Martín. Fea zona.
Feria del Libro de Córdoba. Carpas y mucha gente que no cruza habitualmente estos
lugares.
Presentación
de “La última estación” de M. H. Vaca Narvaja. Las presentaciones me aburren.
Objetivo:
cubrir el evento para una actividad del Seminario de Producción Textual. Habría
cosas mejores para hacer en esta tarde.
Una tarde gris
Así era mi
ánimo, de teletipo. Llegué con pocas ganas. Ninguna expectativa de conocer una
personalidad notoria. No se trataba de un autor conocido ni de un tema que
apasione. Por lo que había leído sabía que
el autor estaba muerto. Lo fusilaron en el ’76. Era de una familia tradicional
de Córdoba.
Tampoco se
trataba de anticipar un libro destinado a consagrarse. Este era su primer
libro. Su actividad principal no fue la literatura.
Llegué a
tiempo. Los primeros espectadores estaban entrando. El ingreso al Obispo
Mercadillo es una pendiente descendente. Parece un túnel. ¿Un premonitorio
túnel del tiempo?
Una luz al final del túnel – De fotos y otras yerbas
En el palier había
una mesa donde se vendían los ejemplares del libro y tres caballetes con paneles
de fotos. Nos invitaban a un recorrido por la vida del autor. Fotos del
docente, fotos del periodista, del abogado, fotos del hijo, del joven. Fotos
del hombre, del esposo, del padre con sus hijos. Eran una mano tendida que
llevaba a un universo particular. Participaban de una intimidad casi familiar. La intimidad de un hombre. Eran una inducción a la
empatía.
Alrededor,
algunas personas comentaban las fotos.
–¿Esta era la
casa de Villa Walcalde?
–No sé, yo no
estuve nunca allí.
–¡Mirá la
Caro! ¡Qué chiquita!
Parecía que
todos habían compartido aquellos recuerdos. Recuerdos donde el protagonista había
sido Huguito, Miguel Hugo (h). De todos modos, podrían haber sido las fotos de
mis cuñados, de cualquier amigo nacido a finales de los años 40. Había algo de
las fotos del Che en “Viaje en motocicleta”. Seguí.
Bueno, no
cualquier amigo. Fotos de carnets que señalaban su pertenencia a la Fiscalía de
Estado, a la Cámara de Senadores de la Provincia. El carnet del Poder Ejecutivo
de la provincia de Córdoba que lo acreditaba Procurador del Tesoro. La foto de
un acto oficial donde estaba al lado de Atilio López. Eran las fotos del Dr.
Vaca Narvaja.
El recorte de
la noticia del atentado a su estudio. Y una foto de Huguito con las manos en
los bolsillos riéndose del agujero en la pared que dejó la bomba. La foto de la
tapa del libro. De golpe, a un lado, una foto de una pancarta de marcha: Miguel Hugo Vaca Narvaja (h) 35 años. Fusilado el 12 de agosto de 1976. Son fotos que marcaron el fin de una
vida. El inicio de una vida distinta para todos los integrantes de esa
intimidad familiar.
Ese agujero
en la pared era otro túnel virtual. Otra vez la sensación de ingresar en bocas
de minas. Desde el atril o la tapa del libro nos abría la entrada al libro, a
la presentación. Nos invitaba a entrar…
La sala ya
estaba llena de gente. Demasiado llena comparada con cualquier presentación. Y muy
ruidosa. Todos parecían conocerse. Todos se saludaban, se abrazaban
afectuosamente, conversaban. Había una decena de niños sentados en almohadones
frente el escenario. De cara al público colocaron una mesa con tres sillas para
los disertantes. A un costado había tres sillas más para destacar la presencia de
sus ocupantes. Allí estaban ya la viuda y dos de los tres hijos del autor. Los
entrevistaban de algún medio. La cámara que los enfocaba también tenía un
emplazamiento central. Y yo con mi maquinita de fotos.
Detrás de todo esto, todavía estaba el escenario
con varios micrófonos de pie. Una prueba de sonido. Música y canto. Murga.
–Es el grupo
de teatro de la Caro, che. Parece que después de los discursos hay bailongo –dijo
alguien atrás. La gente seguía llegando, ya se tenían que quedar de pie.
Comenzó la
presentación. Una locutora con voz de locutora no contó lo que pareció que todo el mundo en esa sala ya sabía. Dijo, en cambio, que el libro tenía que
ver con la literatura y con el afecto, con el amor familiar.
–A los que no
están al tanto del árbol genealógico de los Vaca Narvaja se les confunden todos
–dijo la presentadora con cara de presentadora. Quiso hacer un chiste. Miré
alrededor, debí ser la única que había reprobado esa botánica. Debió estar
hablando de mí, porque todos los demás se rieron del chiste. Agregó:
–Un árbol que
a pesar de las desgracias sabe dar buenos frutos. Y “La última estación” es uno
de ellos.
Después volvió
a su rol y presentó a los panelistas.
La antorcha se enciende – De tres voces y palabras
El señor que
habló primero era el más viejo, medio pelado. Se presentó como Marcelo Scelso, escritor.
Tenía la expresión de quien ha hablado en innumerables mesas de presentaciones
de libros.
–A mí también
me hace acordar un poco a los casamientos de los Vaca. Veo muchas caras, y para
colmo hay actuación…
Esto seguía
empeorando. Pero el tipo empezó a hablar de la literatura como fiesta. Y del
libro como un objeto precioso. Remarcó que el libro era bello. Un objeto
realmente raro en esta época. Lo calificó precioso por el papel, por la
textura, por las imágenes.
Hizo el
relato de cómo lo había conocido a Hernán y cómo éste le había contado la
existencia de los cuentos del padre. En el marco de otra presentación donde también
había habido fiesta. Hernán sería el hijo del autor del libro que estaba sentado
en el panel. Se había movido desde el inicio con centralidad: recibió a la
gente, vendió los libros, se entendió con los fotógrafos y entrevistadores. Debía
ser el Hernán Vaca que era periodista y director de la revista El Sur de Río Cuarto. El que había cubierto el caso Dalmasso.
Scelso dijo,
mientras tanto, que los cuentos le habían llegado bastante acabados. Y que después
habían aparecido los trabajos de los tres hijos. Unidos conformaban una forma
de reencuentro del padre después de tantos años. Que se habían agregado los
trabajos de la gente de Río cuarto y las imágenes. Y las cartas que, junto con
los otros testimonios, dijo, hacían que éste fuera un libro ceremonial.
Contó que, en
ese tiempo, hacía poco que había ocurrido el juicio en que interviniera como abogado querellante el otro Huguito.
Huguito el
hermano de Hernán. El hijo mayor del Huguito-abogado que escribiera el libro.
Que a su vez era hijo de otro Hugo-abogado que está desaparecido. Ya iba entendiendo.
El juicio fue el que conocimos como el Juicio de la UP1 –la causa Gontero– . Proceso en el que se juzgó a Videla,
Menéndez y otros por los asesinatos y tormentos de los presos en las cárceles
de Córdoba. Opinó Scelso que el hecho de que los culpables estén pagando sus
culpas también merecía una celebración.
Cerró
hablando de los cuentos y de sus rasgos.
–Los cuentos
no están dedicados al tema de la violencia, pero conforman un mundo de
violencia. El autor se siente expatriado en la sociedad en que vive. Lo normal
se vuelve raro. Lo imaginario, cotidiano. –levantó la mirada por encima de sus
lentes y dijo– Cada uno de los desaparecidos fue una pérdida. Ninguno fue
cualquier persona. En este caso se perdió un escritor que tenía muchísimas
posibilidades.
María Elena Berruti es escritora y directora
de UniRio Editora. La editorial de la Universidad de Río Cuarto. La única mujer
de la mesa adoptó un modo cálido y coloquial. Su voz la ayudaba, tenía un tono
cadencioso, cómplice. “Vamos que vamos” dijo para arrancar. Lo diría todo el
tiempo.
–Vamos que
vamos… Nunca vi llegar a nadie con un proyecto de publicación a la oficina de
una editorial como llegó Hernán a la mía. Fue en dos tiempos. Les cuento.
Tiempo uno: con un avance del libro. Con cada cuento ya trabajado con Scelso e
interpretado plásticamente por un artista riocuartense. No sé si saben, pero
ustedes lo conocen más que yo, –miró al público, otra vez no pude incluirme en
los supuestos– pero es muy difícil hacer que Hernán se siente.
–Mirále los
pies –dijo de costado Raquel, la madre, desde una de las tres sillas del frente.
Hernán dejó de mover los pies.
–Y mucho más
que se saque la campera de cuero. Que descuelgue de su hombro el portafolio. Y
desacelere. Y confíe. Esta editora: “pero Hernán tengo que ver esos papeles de
tu papá”. Hernán: “es que… no los saqué de casa”.
Esta no era
la idea que yo tenía de una presentación. Era como espiar en la vida de los
otros o mirar una peli. Tampoco era que me importara mucho lo que había hecho
esta gente, pero había visto películas peores.
–Tiempo 2: en
la misma oficina. –siguió Berruti– Hernán llegando con una bolsa de plástico
aferrada, abrazada al pecho. Esos originales desparramados sobre la mesa de
trabajo. Algunos a mano, con lapicera azul. Empezaban a hablar. Esos borradores
hablan de un hombre que encontraba un espacio fuera del ajetreo diario para
escribir breves historias de ficción. Borradores en distintos estados de
avance. Escritos en dos máquinas de escribir distintas.
Berruti
levantó la cabeza y sonrió como una actriz de telenovelas. O había ensayado el
gesto antes o era muy naturalmente teatral.
–Imagino a
este hombre, el de la tapa del libro, refugiándose –no escapando– en estos
mundos del lenguaje. Amarillentas, gastadas, viejitas las hojas de papel. El
hombre que las escribió ya no está. No lo dejaron. Pero se burla de eso en cada uno
de estos actos de escritura. El hombre que escribió estos siete cuentos era y
es hijo, hermano, esposo, padre. Abogado, militante, hombre de su tiempo. Padre
de Caro, de Hugo, de Hernán. Ahora sí, sentado obligatoriamente –se rió y distendió
un poco. Pero no mucho porque retomó enseguida:
– Y vuelvo a
ver a Hernán acomodando y desacomodando los borradores de la imaginación de su
padre. Apenas tocándolos con cuidado. “Esto hay que cuidarlo” decía. Una
entonces presintió que éste no era un libro más. Hay también fotos en blanco y
negro. De este padre con sus hijos chiquitos. Jugando en el pasto o en el agua,
riendo, abrazados. Y una entiende que el libro será, tendrá que ser una sutura,
un zurcido, una trama que hilvane cuidadosamente la historia personal,
familiar, privada e íntima, con la historia de una país, el nuestro. La
historia de una generación –no del todo perdida– con los tramos de la historia
colectiva necesariamente compartida. Porque esta familia nos está ofreciendo la
oportunidad de esta fiesta y de este acto de memoria.
–Y apareció
la foto que, con la creación simbólica de Jimena Mateo, terminó siendo la cara
del libro. Esa expresión en la cara y esa postura corporal es señal de su
generación. Y un guiño de militancia. Una sonrisa entre despreocupada y
desafiante. Las manos al bolsillo. Y de pie sobre los escombros del atentado de
horas atrás. “La última estación” es una publicación que se resiste, mansa pero
firmemente, a ser clasificada. En ese carácter de resistencia reside parte de su
potencia. Hay un núcleo o corazón que pulsiona contra toda muerte.
Parece que
ese corazón palpitaba en la sala. Había un silencio que impresionaba. Alguien
se enjugó rápido y como distraído.
–Este corazón
textual no está solo. Lo abrazan amorosamente textualidades que hacen memoria y
no invitan a participar. Texturas biográficas, periodísticas, jurídicas
impregnadas de un rememorar vital. Son textos de hijos. Siempre convocan a la
memoria. A enlazar la muerte y la vida. A esta saludable práctica nos convoca “La
última estación”. Como un mandala en construcción en el cual tensiones no
violentas logran equilibrar el caos, sin voluntad de domesticación.
Parecía estar
hablando el mismo lenguaje que mis profesores de la cátedra. Pero ese sí era un
lenguaje que yo entendía. Después agradeció a los Vaca Narvaja por haber
confiado y deseó que la editorial haya sabido honrar el libro y la trama vital
y militante que lo sustenta. Explicó el compromiso de la Universidad de Río
Cuarto, como universidad pública, como institución que educa jóvenes, con la
preservación de la memoria. María Elena Berruti terminaba. En algún momento de
su discurso había dicho que, como todas las viejas de letras, era mentirosa. Yo
le había creído. Será que las viejas de letras además de mentirosas somos crédulas.
Pero parecía que todos en la sala le habían creído porque la antorcha refulgía.
–Escribir la
vida y la no vida del padre no debe ser tarea nada fácil. Y si empieza por el
12 de agosto del ’76, menos. El final violentísimo. Desde ahí sólo queda
remontar. Y esta familia, como otras, afirma con contundencia que remontar es
posible. Porque esa fecha mencionada es también una frase del autor: “Decíle a mis hijos que me hubiera encantado
subir al tren con ellos”.
Era el turno
de Hernán Vaca Narvaja. Aclaró que sería breve porque casi no podía hablar.
–Las víctimas
del terrorismo de estado no buscamos venganza. –comenzó directo y fuerte, como
buen periodista– Tampoco los muchos que estuvieron detenidos con mi padre y hoy
están aquí presentes honrando la vida. Buscamos verificación, justicia,
memoria.
Confesó que
los cuentos lo habían acompañado todos estos años desde la muerte de su padre. Que
en el 2010 había asistido a las audiencias del juicio a los asesinos de su
padre. Volvía a su casa destrozado y se refugiaba en los cuentos. Le provocó
mucha impotencia las imágenes de padecimiento e indefensión de su padre que se
había reflejado en los testimonios.
–Ser el hijo
de un fusilado significa sentir eso: impotencia. Ese juicio me hizo sentir que
nosotros debíamos cuidarlo, debíamos protegerlo. Y me hizo sentir toda la
impotencia por no haberlo podido ayudar. Entendí que estos cuentos me daban la
posibilidad de volver a abrazar a mi padre.
Relató que cuando
había comenzado a trabajar los cuentos le ocurrió algo. Había ido humanizando a
su padre, entendiéndolo a través de sus cuentos. A través de los relatos de sus
compañeros de prisión.
Le había parecido,
en ese momento, que siete cuentos era poco para un libro. Que quedaban
aislados. Que habría que rodearlos, “protegerlos” dijo. Entonces habían surgido
los otros textos y los trabajos de los artistas de Río Cuarto que los acompañarían.
–Entendí
también, a través de todo lo vivido, que esto no era algo individual, que era
compartido, que esto era en pos de algo que nos debíamos todos.
Dijo de
cuando todos esos trabajos “bellísimos” estuvieron listos…
–El libro
quedó blindado. Entendí que le estábamos devolviendo algo de todo lo que nos
había dado mi padre. Logramos rescatar a mi padre y devolvérselos a través de
la literatura.
Terminó con
una frase había sido escrita por su padre en una hoja de su agenda, aunque no sabe
si es de su autoría: “Hay un momento en
nuestras vidas en el que es preciso tomar una decisión: sea para olvidar de una
vez nuestros sueños, resignándonos a la mediocridad, sea para arriesgar todo en
el sentido de realizarlos”.
–Nosotros no
nos resignamos. –Así terminó Hernán.
Hubo mucha
emoción y voces que se quebraron. Hubo un silencio respetuoso y mágico de parte
de los espectadores. La antorcha seguía encendida.
De pronto el
ambiente se sacudió y cambió. Se oyeron tamboriles y murga. Palmas y redobles. El grupo Tres Tigres Teatro entró en escena. Comenzó el espectáculo. Carolina resultó
ser la rubia, la que había estado sentada con la cara pintada en otra de las
tres sillas. Mi brújula seguía funcionando.
“…hay mucha gente que piensa que mejor es
olvidar…”
Fue la frase
con que comenzó la primera canción. Se trataba de fragmentos de una producción colectiva
del grupo. Había sido realizada para Teatro por la Identidad. Se llama “El Club
de los Recordadores Anónimos”.
Fueron
desarrollando tres ejes: un desopilante despliegue de acontecimientos y momentos
del país a partir del golpe del ’76. Desfilaron, Balá, Chiquitita, Rafaela
Carrá, el mundial de fútbol, los militares y sus discursos, las señoritas
maestras repitiéndolos. Una mezcla de risa y ganas de llorar de rabia. Pero
bien, con ironía y lucidez. La lucha de las madres y abuelas y referencias a la
cotidianeidad de esos años y las vivencias personales. Una mezcla de teatro,
publicidad, programas, desfile de moda y puntadas de reflexión. Su objetivo era
el aporte a la memoria colectiva. Un ejercicio, una práctica para que esta
memoria no se fragilice y caiga en el olvido.
Vibrante de
color, movimiento y sonido. Pero también con un mensaje potente. Casi una hora
que permitió aflojar las angustias y abrigarse de optimismo.
Cuando terminaron
el ambiente de casamiento empezó de nuevo. Otras rondas de abrazos, nuevas
palmadas, saludos, reconocimientos. Eran las despedidas, las felicitaciones.
Agarré –me agarré a– mi camarita y al libro que había comprado y busqué la
salida del túnel.
Final
Emergí en la
acera, frente a una Plaza San Martín engalanada de carpas, a un lado del viejo
Cabildo con su memoria de muerte. Me pareció que una luz potente me acompañaba,
me envolvía, y salía desde abajo del túnel que acababa de dejar. Desde ese rito
que se había anunciado como presentación de un libro. No supe bien. Supe, en
cambio, que sentí muchísimas ganas de seguir, con todo a cuestas, remontando la
vida.

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